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Posts Tagged ‘servicios públicos’

Cuidado con lo que tocas… Para alternar entre temas extensos, intercalaremos temas más ligeros, situaciones, indignaciones… para dar vida al blog a la vez que se da tiempo a preparar los desborregamientos de temas anteriores (si es posible al final encontrar argumentos, si no, quedarán sin desborregar muy a nuestro pesar). Esta vez, algo que todos habréis vivido en alguna ocasión: la suciedad en los baños públicos es realmente indignante. Poco hay que
desborregar aquí, pero todos la sufrimos como buenos borregos. Aviso de que puede herir vuestra sensibilidad en algún momento, pero es la vida misma… En este caso, vamos a generalizar.

Comienza la historiaLas dos de la mañana. Después de salir del restaurante, te has metido con todos en El Cañaveral, a bailar un poco. Pero se te ha olvidado mear y estás que revientas, ¡qué bueno estaba el riberita! Te acercas al baño, que está al fondo. Después de pasar por la fila de chicas que esperan su turno, como siempre, entras en el de chicos. Nunca meas en los de pared, porque te da cosa, porque salpica y te pringas con lo del anterior. Y ves sus pelos más de cerca. ¡Y a saber qué tenía el tío! Aunque eso de apuntar a la mosca es divertido… Abres la puerta donde se encuentra la taza, asquerosa, como siempre. Tratas de cerrar la puerta, sin poder evitar rozar la taza con el pantalón, porque el sitio precisamente no sobra. Levantas la taza con el pie. Fallo. Segundo intento: ya está arriba, ya puedes soltar toda tu carga, para unirse con el resto de deshechos que se adivinan ahí dentro. Tu chorro cae haciendo un arco, salpicando con fuerza, como hicieron antes todos los demás. Las paredes, sucias, con garabatos, graffitis, con manchas de naturaleza indefinida y color sospechoso. Signos fálicos, insultos, fechas, números de teléfono, nombres. El olor, nauseabundo. Tus suelas de los zapatos, bien impregnadas de los restos de los que ahora bailan fuera. Sí, para luego pisar bien la alfombra de casa. A los ácaros seguro que les da igual, pero ya tiende a gris por mucho que se lave. Tu bienestar aumenta a medida que te vacías. Los bichos del anuncio de Harpic están relamiéndose, se les hace la boca agua, casi eres capaz de verlos asomando su cabecita verde con cara de salidos. Esto es un semillero. Te subes la bragueta y buscas la forma de tirar de la cadena. Crees que eres el primero en mucho tiempo que va a hacerlo. Después, inclinándote sobre el conocido señor Roca, como al entrar, tratas de abrir la puerta para salir. Sí que han aprovechado el sitio, ¡vaya! Otro roce, que nos regala cariñosamente otra mancha bien nutrida para el vaquero. Piensas que allí sería imposible hacer aguas mayores, por el espacio, por la suciedad… y por el chof… uyuyuyuyuy, alarma! Y de repente, piensas que las chicas son muy valientes, muy valientes. Qué fácil lo tenemos y qué atrevidas son ellas. O eso, o el baño de chicas está más limpio por no tener que apuntar. Para otro día me cuelo, pero anda, que con tal de no esperar esa cola y que además te miren mal… Tratas de lavarte las manos, pensando en que Torrente era muy sabio (me ha costado decir esto) y que tenías que haberlo hecho antes de entrar, aunque sea por razones diferentes a las suyas. Y es que has tocado varios pomos de puertas antes de evacuar. Y casi otros tantos después, aparte de tirar de la cadena. Te das cuenta de que todo el mundo (de entre los que se lavan las manos, que esa es otra) ha tocado el pulsador del grifo después de desalojar, con lo que la concentración de bichitos y suciedad de origen púbico (como poco) también allí se multiplica. Menos mal que tocas el botón del único secador que hay con el codo. Así no coges microorganismos en tus manos recién lavadas, pero… piensas que ¡ahora mismo los tienes en el codo! ¡Por qué no habrán puesto de esos modernos que se activan solos! El último obstáculo es la puerta de fuera. Otras veces está abierta, otras entornada, lista para que la muevas con el pie, otras es de ambos sentidos… Hoy está cerrada. Y es de las de para adentro. Esperas a ver si abre alguien. Te va a tocar hacerlo si quieres dejar de oler aquello por fin. Vámonos. Tu mano sucia, hermanada con las manos de los que te rodean. Ahmmmm, y qué bien huele el humo del tabaco. ¡Qué rico! ¡Nunca te hubieras imaginado que apestar a humo sería tan delicioso!

La historia ha terminado

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